A principios de los años ’90 mis travesías cotidianas en el metro de la ciudad de Nueva York comenzaron a convertirse en una obsesión. Pronto estaría viajando bajo tierra, cámara en mano, sin otro destino que las imágenes. Consciente de que muchos fotógrafos habían estado allí antes, creía entender por qué: el infinito desfile de gente que ofrece un viaje en metro es una tentación irresistible para el voyeur que se esconde detrás de cada cámara. Durante los años siguientes ese desfile me llevaría a pasar horas escondido del sol en los sistemas de transporte subterráneo de Nueva York, Londres, Caracas y Ciudad de México.
Cuando me mudé a la Ciudad de México y descendí por primera vez al metro la sensación familiar de unirme al pulso de la ciudad y hacerme uno de los suyos me golpeó como sangre bombeando con fuerza hacia mi cabeza. Allí estaba de nuevo aquél desfile, cada pasajero viajando con su historia, su actitud, su impronta social, su estado de ánimo, su libro… y ahora, también, con un teléfono. Presentes por un instante, ausentes poco después, siempre en ruta hacia un destino desconocido mientras yo observo, escucho y cazo fragmentos de un millón de historias sin final conocido. Con algo de suerte alcanzo a presionar el obturador antes de que sea demasiado tarde.
La secuencia de imágenes que aquí presento fue realizada en la Ciudad de México con película ByN de 35mm para la revista Quinta Real, en cuyas páginas fue publicada como ensayo fotográfico con texto breve firmado por el fotógrafo.
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